Ecología y deconstrucción

por: Yonathan Gad

En Ecology as Text, Text as Ecology (2010) Timothy Morton plantea que las formas vivientes, como los textos, carecen de una identidad independiente y perdurable. Afirma que la denigración moderna de la escritura, y su consecuente entronización de “la naturaleza”, han dañado gravemente al pensamiento ecológico. Para reparar este daño, piensa, habría que recurrir a la deconstrucción, es decir, a conceptos que despiadadamente desnaturalicen y desesencialicen la ecología. Ecología y deconstrucción, por cierto, están íntimamente relacionadas más o menos desde la década de 1960, por la influencia de las teorías cibernéticas y su arsenal conceptual. El signo lingüístico, como lo definió Saussure, ya tenía un valor ambiental, mientras que la noción derridiana de la escritura llega a desmantelar la distinción dentro-fuera. El texto se trata siempre de otros textos, pues la escritura es el proceso diferencial por el cual los textos existen como tales, extraños a sí mismos.  No puede haber distinción exacta o rigurosa de sus límites pues el texto es precisamente lo que teje y desteje las relaciones con otros textos, entendidos también como su medio ambiente, e incluso con el medio ambiente físico. De tal manera el límite de los textos colinda con lo ilimitado, como fractal o piel habitada por parásitos.

El texto no es sólo una metáfora: es una forma viviente que incluye todo lo que toca. La fórmula derridiana no hay nada fuera del texto, explica Morton, es una forma expandida de empirismo […] el estudio de relaciones entre cosas, y de las cosas como conjuntos de relaciones, más que aparentes objetos sólidos separados por aparente espacio vacíoMorton ofrece una interpretación textual del darwinismo, que según él, humilla más que cualquier otro pensamiento ontológico y teleológico de lo humano en la medida en que compromete a la coexistencia íntima con otros, con lo extraño, mostrando lo absolutamente frágil y contingente que es la biósfera.  En la lectura de Morton sobre Darwin las “especies” no son nada como tal, son aparentes y no pueden distinguirse rigurosamente de sus variantes o de sus monstruosidades. Los efectos antropogénicos sobre el ambiente han llevado a muchas “especies” a hibridarse, y cuando hablamos de hibridación hacemos una distinción fundada en la idea de “raza” la cual es igualmente ingenua. No existe raza, género o especie. Clasificaciones por el estilo no hablan más que de su fuerza ideológica. Las posibilidades de reproducción, por ejemplo, flotan sobre la suma de todas las mutaciones y conductas de las formas vivientes. Morton también afirma que el ADN que compartimos con toda forma viviente es simplemente un palimpsesto nada diferente del textual, se forma por operaciones: adiciones, supresiones, inserciones. Además lo orgánico depende de un replicante no-orgánico: ribosomas. Por tanto lo viviente tiene como límite lo no viviente y su reproducción se mueve en este círculo. No somos seres independientes, estamos constituidos entre otros; como los textos se forman y entraman con otros textos. Como la textualidad desdibuja la frontera texto-contexto llevándola a la aporía, si no al olvido, la versión genómica de la interrelación ecológica nos solicita abandonar la dualidad organismo-medio ambiente.

La ideología medioambiental ve organismos diferenciados anidando convenientemente en nichos diferenciados. Pero la noción inhumana del texto desestetiza todo esto. Nos obliga a repensar el ambientalismo proteccionista de “hábitats” porque ya no pueden mirarse meramente como opuestos al organismo: sólo hay genoma y biosfera. Ni el texto ni el ambiente son formas escultóricas sobre nichos. Las formas de vida están intrincadas con el “ambiente”, incluso con la luz que irradia el sol. La biósfera no está “dentro” de la atmósfera, está más allá y más acá también. Según Morton, las fractales muestran elegantemente cómo la naturaleza no es natural, ni está fuera del artificio. En todo lo que vemos hay relaciones algorítmicas regulando, como en el Conjunto de Cantor, un infinito de puntos y otro de espacios. Lo que solemos mirar como natural no está diseñado pero sí ordenado por la repetición de algoritmos que codifican y automatizan la materia de la forma más simple posible. Los fractales […] abren una dimensión traumática de lo que ya no podemos llamar Naturaleza, una dimensión ya no holística, sino abierta y extraña. La naturalidad de un bosque, por ejemplo, tiene por estructura algoritmos que observamos lo mismo en sus contornos que en las ramas del árbol, en las nervaduras de sus hojas o en el despliegue de sus flores, mapas algorítmicos de iteratividad. La distinción viviente-mecánico, obsesiva para la ciencia-ficción, es insostenible para el darwinismo. La vida es maquínica y algorítmica al igual que la conciencia. El funcionamiento algorítmico, maquínico de la vida está plagado de errores, de reinscripciones. La consecuencia radical de la genómica es que la materialidad y la información no están separadas […] contacto y mensaje son una misma cosa. Toda materia, es la expresión de una iteración algorítmica, que en el caso de la materia orgánica muta y cesa. Estos conjuntos de relaciones formales nada tienen que ver con una “chispa de vida”:

Cuando nos acercamos a las formas vivientes, descubrimos textualidad. Esta recursividad es mucho más perturbadora que un modelo [… de] armonía metafísica entre opuestos. No hay armonía metafísica entre texto y ecología […] texto y entorno incluyen todos los fenómenos en sus respectivos campos.

Morton advierte que la idea de un “mundo” de la experiencia inmediata (Lifeworld) es la que nos limita y justifica para la inacción ecológica; ejemplifica cómo las acciones locales por no sobrepasar niveles “amigables” de CO2 nos hacen ver incapaces de mantener en mente más de una idea y un lugar al mismo tiempo. En contraste, expone cómo una visión que comienza con el hecho de la coexistencia íntima con extraños nos obliga a asumirnos responsables por el calentamiento global, el Sexto Evento de Extinción Masiva en curso. Por su parte, Timothy Clark afirma que La crisis medioambiental es inherentemente deconstructiva, viciosamente, de los actuales modos de pensar en política, economía, teoría cultural y literaria. Al mismo tiempo la falta de compromiso con el ambientalismo en el pensamiento deconstructivo parece ser crecientemente perjudicial.

Es urgente repensar los vínculos que tenemos con estas herencias incómodas y preguntarnos, incesantemente, quiénes somos, respondiendo de acuerdo a nuestras acciones y omisiones de cara a estos hechos. Porque si desconstrucción es la práctica de lectura como el malestar de un patrimonio, […] no podemos eludir las clases de futuro calculables desde esa herencia.

 

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