Eco-consecuencias intempestivas

por: Guillermo Preciado

*

Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar,

le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir

como sólo las puede sentir un recién resucitado.

Juan Rulfo, “Diles que no me maten”.

*

Como una noticia inesperada, repentina, como ese imperativo de castigo que se creía haber exculpado, o acaso olvidado, desde hace tiempo, al igual que Juvencio Nava en «Diles que no me maten», quien ingenuamente creyó que había sido olvidado el cargo por el asesinato de su amigo hace 35 años, así se inserta, en el marco de las políticas medioambientales del acontecer global, el aviso de que Estados Unidos de América abandonaba el Acuerdo de París firmado en diciembre de 2015. En ese entonces Laurent Fabius, ministro de exteriores de Francia y presidente de la COP21, aplaudía el convenio de esta manera: “Las naciones se han unido para abordar al problema más serio al que se enfrenta la humanidad”. Se abría una grieta de luz entre la nubosidad gris estancada desde hace años, al de pronto creerse posible la unificación de una postura, un objetivo común consistente en evitar que para finales del presente siglo la temperatura mundial superara en dos grados el nivel preindustrial. Los países que continuarán integrando el Acuerdo de París1 anhelan no una última esperanza de vida como Juvencio Navas, sino alguna alternativa a los tristes pronósticos que se desprenden de la salida de Estados Unidos.

Hay esperanza, pero no para nosotros

–Kafka

Escribo esto a 38 grados Celsius en una ciudad donde es extraño rebasar los 33 grados: la especificidad de la teoría crítica tiene que ver con la potencialidad con que atraviesan el cuerpo social los filos de sus ideas, desgarrando lo obvio y tensionando los límites del pensar. La cancelación del Acuerdo de París no sólo es un avanzada de la fractura de las relaciones geopolíticas de EEUU con sus homólogos, sino que también representa la osadía narcisista de un país o personaje –he aquí, de nuevo, el problema universal de la representación política. Donald J. Trump es un personaje que se visibiliza mejor desde la lógica de la sociedad del espectáculo. La llamada “posverdad” cristalizada en las redes sociales le ha valido la fama de: “absurdo, abusador, abusivo, acomplejado, acosador, adicto, adjetival, adolescente, aislacionista, alevoso, anti-afroamericano, anticientífico, anti-mexicano, anti-musulmán, anti-regulador, arrogante, artificial, autoritario, avaro…”4 y demás adjetivos calificativos y perversos que se enmarcan en cada una de las letras del abecedario de Krauze. En el entendimiento de este caleidoscopio anímico que es Trump, es posible leer su desvinculación del Acuerdo de París como una suerte de manifestación política del orden de la pulsión de muerte freudiana, cuya meta pretende descatectizar elementos representaciones de sus afectos, desarticular relaciones libidinales, así como escindir una integración internacional que, por más parcial que sea, contenía notas pulsionales de vida. Como la teoría, la ecocatástrofe convoca a pensar justamente desde los bordes epistémicos de lo que hemos engendrado y de lo que nos produce como sujetos ecológicos, productores de un oikos. Esta cuestión, radicalmente kafkiana, tensiona muchos de nuestros hilos de soporte, tal como le reprocha el hijo de Lupe Terreros al asesino de su padre en «Diles que no me maten»: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

el mar deja de moverse…

­–Federico García Lorca,

Asesinato” en Poeta en Nueva York

A todas luces esta contingencia medioambiental es una speed race, como esa disputa temporal que Derrida dice que se apertura en la catástrofe nuclear. Este tipo de decisiones desarticuladoras no hacen sino retrasar de forma más significativa nuestras oportunidades. La paradoja de todo esto no es que alguien, afuera, haya oscurecido ese faro orientativo, sino que la consciencia de saber que fuimos, que vamos y que seguiremos siendo nosotros los artífices directos de esta ecocatástrofe:

Nowadays, our everyday lives are the source of the problem: everything we depend upon to live as we do– the energy we use to get around, to heat or cool our homes, to power the industry that produces the goods we use– is also pumping enough greenhouse gases into the atmosphere that eventually our climate will be transformed. The societies in which we live are causing events to take place that could directly threaten how we live. It’s not that there is a chance something horrible might happen; this time, we know it will happen if we stay calm and carry on.

Para David Collings (2014), en efecto, el futuro está siendo robado; tesis que podría de pecar de obviedad desde las vastas previsiones diarias, sin embargo su señalamiento parte desde el acontecimiento de un presente continuo ya fracturado. Las estimaciones se ven desbordas por las eventualidades ambientales, cualquier pronóstico se comprueba a posteriori como ingenuamente esperanzador y las malas noticias se van encimando de tal manera que la papelera de la crisis medioambiental ya ha roto la mesa que la soportaba. Lo preocupante, dice, es que en las últimas dos décadas, ya con la relativa consciencia1 de las problemáticas en nuestro derredor, las estrategias y acciones parecen que no han resuelto mucho. Es así que el panorama desolador que convoca el elenco de estos avatares políticos-ambientales introyecta a la muerte como aquel horizonte de posibilidad segura que centellea ante el desatino de la pasividad colectiva como estrategia de acción.

El mundo ha muerto,

está muriendo en innumerables maneras,

y seguirá muriendo por algún tiempo más.

–Michael Marder

La ecocatástrofe implica una lectura a posteriori que, de hecho, podría ser la única lectura posible de una catástrofe, de un acontecimiento cuya inmanencia suele ser de orden global, por lo tanto inscrito en lo que someramente se conoce como naturaleza. La cursiva en la palabra acontecimiento no es gratuita. Žižek, en su ensayo homólogo, define el acontecimiento como “el efecto que parece exceder sus causas –y el espacio de un acontecimiento es el que se abre por el hueco que separa un efecto de sus causas” (2015: 17). Efecto que, hay que decir, nunca acaba por definir su propio alcance, ni a establecer una concreta finitud, pues estos suelen rebasar todo experiencia humana contable. Una catástrofe desborda, pues, la individualidad específica y efímera de cualquier sujeto: el humano desaparece, los efectos no; como tampoco desaparecen los textos: el registro escrito, hablado, que inscribe a la catástrofe en el orden de la perpetuidad escritural; el testimonio, aun en su cariz de relativa imposibilidad de transmisión, en la certeza de su inherente laguna, da noticia (fragmentada) de los hechos, al tiempo que le permite al lector/espectador inyectarle una significación y propia singular a los hechos, a condición del derrumbe del origen, del Autor. 

Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos.

Svetlana Alexiévich

Ya Svetlana Alexiévich homologaba las notas de una catástrofe medioambiental con las notas de un evento bélico, donde la muerte del Otro se convierte en imperativo absoluto de mi goce, como condición previa para el bienestar nacional e ideológico. En la ecocatástrofe, no obstante, la muerte del Otro nos llega interpelar, o no, porque la responsabilidad es invisible y anónima, pero al mismo tiempo radicalmente universal. Estamos ante un fenómeno que no es un acontecimiento singular, una amenaza conocida, sino un contexto inabarcable para posibles acontecimientos, y uno que no podemos conocer excepto a través del trabajo especializado de cientos de científicos.

Con estos esbozos críticos, el fracaso del Acuerdo de París podría ser reconsiderado de manera fundamental, no desde el negacionismo y el aislacionismo, sino como un hilo conductor de nuevos avatares de pensamiento, como un catalizador de nuevos modelos de cuestionar eso que nos está matando. Pues leer críticamente el presente político de la ecocatástrofe implica ante todo el cuestionamiento de conceptos con los que históricamente hemos departido sobre la realidad. En virtud de esto Martin McQuillan, en “Notes Towards a Post-Carbon Philosophy”, invita a repensar el compromiso de la filosofía no a través de respuestas firmes a problemáticas precisas: la tarea de una deconstrucción de la pregunta por el entorno entonces deberá ser un replanteamiento de la experiencia del entorno, del entorno como experiencia, como un encuentro con la presencia y la percepción irreductible de un fenómeno que es también una experiencia del otro, el gran otro, y de lo diferente. Sin embargo, nada es fácil con McQuillan toda vez que en el ejercicio que realiza de explicitar la herencia metafísica de los conceptos del juego dialéctico en el presente globalizado, da cuenta de que en la representación –otro concepto con matices metafísicos– a través del lenguaje de la crisis medioambiental se le dota de forma y de especificidad, constituyendo una manera de borrar esa experiencia de lo otro, pues se le introduce en la lógica de la (supuesta) normalidad. Núcleo normativo que succiona tanto las propuestas en la línea del deterioro reversible por medio de un principio de sustentabilidad, como la otra que dictamina la idea de que este proceso –desastroso sólo en su superficie– es normal y la restauración de la naturaleza lo regresará a su cauce “natural”.

 

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