Hipernormalización

17, Instituto de Estudios Críticos / Coloquio Internacional Trompos a la uña

17 de enero de 2017, Centro Nacional de las Artes

La hipernormalización del caos climático

por: Gabriela Méndez Cota

 

Hace seis meses hablé del cambio climático como un tema que debería ocuparnos de manera prioritaria en el Instituto. En aquel momento yo misma estaba en proceso de asimilar los datos y los debates básicos, ubicando los puntos de consenso y de incertidumbre, respecto a lo que ocurre con los sistemas terrestres, y respecto a lo que se puede o no hacer al respecto. Hablar aquí me sirvió para sintetizar lo que había leído y pensado, y la respuesta del público me ayudó a profundizar en cuestiones tan importantes como la relación entre la teoría crítica y el discurso científico, por una parte, y por otra la persistencia (incluso entre nosotros) de cierto sentido común metafísico, que incluye la creencia de que hay algo así como la naturaleza, de que tal cosa tiende al equilibrio y de que es posible ya sea echar a perder o bien restaurar ese supuesto equilibrio.

Hoy quiero pasar del (ya obsoleto) debate sobre la existencia o inexistencia del llamado cambio climático a la reflexión sobre las obligaciones ecológicas de la teoría crítica en una coyuntura global que puede ser la última. Un abordaje crítico del cambio climático tendría ir que ir más allá de “desnaturalizarlo” para “politizarlo” (por ejemplo, denunciando sus causas, sus beneficiarios, sus víctimas, y demás). Sin duda, como ciudadanos habría que hacer esto junto con los activistas, los científicos comprometidos con la sociedad, y el número cada vez mayor de afectados ambientales. Pero además habría que re-examinar, a la luz o mejor dicho a la sombra de lo que se avecina, los conceptos, las ideas, los modos de intervención que consideramos como “nuestros”, que definen nuestra actividad teórico-crítica y nuestro lugar en un mundo cada vez más turbulento.

Para llegar a eso me voy a servir de los argumentos de Adam Curtis, un periodista y cineasta británico que tiene más de 30 años haciendo documentales para la BBC. Los argumentos de Curtis en todos sus documentales tienen que ver con la complicidad de los discursos liberales en general, y contraculturales en particular, con el ascenso de poderes fácticos (las corporaciones, básicamente) que han co-optado la esfera pública y han acabado por desactivar y reemplazar a los estados nacionales. Un primer leit motif es afirmación de que los herederos del 68 (al menos los gringos) han sido incapaces de comprender el carácter inerradicable de la violencia y la necesidad de la política entendida como un ejercicio de poder. Otro es la insistencia en que esta incapacidad y este fracaso político de toda una generación se debe a la adopción acrítica de una visión cibernética del mundo, según la cual “la red” (es decir, la red como tecnología que hace posibles ciertas cosas pero también como una metáfora de la sociedad y la naturaleza) hace posible una convivencia humana libre de jerarquías y libre de intervenciones políticas. Curtis se ha dedicado a documentar el fracaso de todo tipo de experimentos contraculturales que desarrollaron interpretaciones optimistas de lo que él ve como una nueva forma de control social que ha desembocado en la situación actual, en la que vamos directo a la catástrofe porque hemos delegado la política a las máquinas y nos hemos vuelto incapaces de imaginar el futuro. Esto es más o menos lo que vuelve a contar en su último documental, Hipernormalización, en el que pretende explicar cómo el mundo llegó hasta lo que hoy tiende a confundirse con la caricatura de Donald Trump. Es decir, nos espanta este personaje pero lo espantoso no es, en el fondo él, sino algo mucho más difícil de articular y sobre todo de reconocer.

Curtis se refiere a las últimas dos décadas del imperio soviético, cuando supuestamente todo el mundo sabía que el sistema estaba colapsando, pero nadie podía imaginar una alternativa. Lo que había colapsado entonces era la imaginación; tanto los ciudadanos como los políticos se resignaron a mantener la farsa de una sociedad funcional. En sus palabras: “Todos sabían que lo que decían sus líderes no era real. Pero había que seguirles la corriente porque nadie tenía una visión de un futuro diferente. La falsedad era hipernormal.” Curtis atribuye este término a un escritor soviético que según la Wikipedia es Alexei Yurchak, un antropólogo ruso que, hasta donde he logrado ver, dice cosas mucho más interesantes acerca de la Unión Soviética de las que dice Curtis en Hipernormalización. En la interpretación de Curtis, en aquel ambiente “hipernormal” unos tales hermanos Strugatsky escribieron una historia de ciencia ficción llamada “Picnic Extraterrestre”, de la cual Tarkovsky hizo una adaptación en Stalker (1979).

En el cuento hay una zona creada por una fuerza alienígena y frecuentada por los llamados “stalkers”. Ellos se encuentran con que nada es lo que parece, porque la realidad cambia constantemente. Fuerzas ocultas modifican la percepción y los sentimientos. Se trata, dice Curtis, de un mundo donde no hay nada fijo, donde la realidad se ha vuelto inestable. Lo interesante es que los Strugatsky se convertirían en los líderes intelectuales de un movimiento “disidente”, de entre cuyas filas supuestamente salieron los políticos que llevarían y mantendrían en el poder a Vladimir Putin. Según Curtis los ex-disidentes tomaron control de los medios y se dedicaron a manipular no solamente las elecciones sino también la percepción y los sentimientos de la sociedad, haciendo de Rusia una suerte de Zona Extraterrestre. Un tal Vladislav Surkov, en particular, que se formó en la escena teatral de los últimos años de la Unión Soviética, habría tomado ideas del teatro vanguardista y las habría convertido en mecanismos de control social. No solamente se trata de jugar con las creencias de la gente sino socavar su percepción del mundo. Convirtió, dice Curtis, la política rusa en un teatro, patrocinando al mismo tiempo todo tipo de grupos: anti-fascistas y nazis, partidos de oposición. Lo crucial es que reconoció esto públicamente, a la manera cínica de nuestros días. Según Curtis, lo mismo ha empezado a pasar en Occidente, y ese es el significado de Donald Trump. No es, en este sentido, ninguna casualidad la cada vez más evidente amistad entre Trump y Putin.

En Hipernormalización Curtis reitera su crítica de las fantasías revolucionarias contemporáneas. El mundo de la cultura, y sobre todo las ideas de vanguardia que tanto nos gustan en la Teoría Crítica, salen muy mal paradas en el trabajo de Curtis como una especie de fantasía que nadie sino las corporaciones (y ahora los fascistas rusos) ha sabido explotar mediante una suerte de complot a gran escala, ingeniería de la percepción o “tecnología política” que tiene todo que ver con nuestra auto-absorción cotidiana, nuestra inmersión narcisista en el mundo de las redes sociales, donde solamente hablamos con quienes ya piensan lo mismo que nosotros, y donde nuestros lamentos, quejas y recriminaciones tienen el único efecto de alimentar el poder de los dueños del ciberespacio. Todas las primaveras convocadas por Facebook, incluyendo Occupy, no acaban en nada porque el Internet no provee una visión del futuro. Así, de Occupy hace la misma crítica que hace de las comunas de los 70, a saber, la idea (conducente al fracaso) de que se puede organizar la sociedad sin un ejercicio de poder. Según Curtis, Occupy adoleció de una terrible confusión al carecer de una visión del futuro. Su revolución no era sobre un mundo distinto, sino sobre cómo administrar el mundo existente. Curtis concluye que nadie en Occidente tiene idea de cómo cambiar el mundo. El poder lo tienen las élites financieras, y las burocracias administrativas.

La impotencia política ante el caos climático tiene algo que ver con lo que cuenta Curtis en Hipernormalización: el coqueteo de Trump con Putin, el hackeo del proceso electoral estadounidense, un gabinete conformado por representantes de la industria petrolera y el interés de esta industria por reactivar sus beneficios en alianza con Rusia. Mucha alarma ha generado el hecho de que Trump recompense a los “negacionistas”, empezando por el hombre que ha nominado a la secretaría de Estado, Rex Tillerson, ex-CEO de ExxonMobil, la compañía que reconoció los hallazgos de las ciencias climáticas y se preparó para el cambio climático al mismo tiempo que invertía millones de dólares en sembrar dudas y erosionar la credibilidad de dichos hallazgos. Tillerson reconoce las amenazas que supone el calentamiento global y afirmó en su audiencia que Estados Unidos debe participar en la conversación global al respecto. Es decir que Tillerson no repite lo que Trump ha dicho y desdicho un sinnúmero de veces (que lo del cambio climático es una estafa). No obstante, hay muchos otros promotores de la industria petrolera que ya se preparan para ocupar agencias gubernamentales como la Agencia de Protección Ambiental y la Secretaría de Energía (Myron Ebbell, Scott Pruitt, Thom Pyle). El objetivo último de todos estos cabilderos de la industria es eviscerar el estado regulatorio, revertir toda la legislación encaminada a reducir emisiones, financiar energías alternativas, etcétera.

Según Bill McKibben, el activista climático más prominente de Estados Unidos, “El único consuelo es que esto retira todas las cortinas de humo. El petróleo controlará nuestra política exterior a plena luz del día. En este sentido, hay que darle crédito a Trump por una suerte de transparencia bárbara” (McKibben, 11-ene-2017). De un modo a mi parecer más interesante, Michael Moore concluye: “Esto no es nada menos que un robo a plena luz del día, y dice mucho de ti y de mí que ellos crean que se pueden salir con la suya” (FB). En efecto, el cinismo y la impunidad de las élites dice mucho de nosotros, dice cosas que no sabemos o no hemos querido saber de nosotros mismos. Quizá no solamente dice que nos hemos negado a pensar a fondo la violencia, el poder y la política, como sugiere Curtis, sino que tenemos una dificultad objetiva, como también sugiere Curtis, a pensar el mundo gobernado de otra manera.

Habrá que ver qué clase de adaptación al cambio climático se desprende de ello, dada la insistencia de los expertos militares estadounidenses consideran que el cambio climático es una amenaza a la seguridad nacional. En 2015 un grupo integrado por 48 expertos de ambos partidos, demócrata y republicano, incluyendo tres ex-secretarios de defensa y dos ex-secretarios de estado, emitieron un comunicado en el que pedían al gobierno norteamericano implicarse seriamente en las acciones globales contra el cambio climático. En 2015, John Brennan, el director de la CIA, declaró que el cambio climático es una de las causas de la inestabilidad creciente en el mundo contemporáneo. También declaró que la democracia está bajo asedio por un conjunto de amenazas, entre ellas “el ascenso de una nueva forma de autoritarismo que privilegia la manipulación mediática, la vigilancia ubicua, la criminalización del disenso y las elecciones controladas”. También dijo que el trabajo de inteligencia tiene que ver hoy en día con las consecuencias no deseadas de la revolución cibernética o digital. Un punto crucial, dijo, es que alrededor del 85% de la infraestructura de Internet está en manos privadas. Se trata de un ambiente privado donde las reglas son, en el mejor de los casos, inciertas. El rol del gobierno se ha reducido a negociar con la industria para tener acceso a ese ambiente. No ha sido fácil establecer un marco regulatorio para Internet, y no se ha logrado del todo.

2016 fue el año más caliente en la historia de los registros, con el Ártico 20 grados centígrados arriba de la temperatura media invernal. Las emisiones globales están disminuyendo, pero el calentamiento del océano puede resultar en un deshielo más rápido de lo que se ha experimentado nunca en la historia humana. En 2016 no hubo más intentos de negar la realidad desde la ciencia. No obstante, la ciencia perdió la guerra política, que ya no trata de evidencias ni de hechos, mucho menos de verdades. ¿Qué hacemos cuando la información y los argumentos fracasan, y cuando la subversión y el anti-arte se han convertido en insumos de control social?

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