Metáfora del movimiento hacia la metáfora

por: Sara Gómez Velázquez

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En este breve espacio quisiera reunir una serie de intereses que si bien he tenido desde hace tiempo, he podido replantear y reestructurar en el curso Crítica y creatividad. Primeramente mencionaré algunos conceptos estudiados del libro Comprender los medios de comunicación de Marshall McLuhan y del texto de Nietzsche Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Trataré de vincularlos a mi propia investigación artística, misma que a su vez recurre al ensayo de Paul Virilio Amanecer crepuscular. En segundo lugar describiré los intereses particulares de mi trabajo en artes visuales y coreografía para tratar de tejer relaciones entre estas dos secciones primeras y explicar el desplazamiento que me interesa hacer.

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Crítica: “contenido” versus “mensaje” de las nuevas tecnologías

En Amanecer Crepuscular, Virilio utiliza el concepto forclusión del mundo para referirse a un aislamiento generado a partir de la velocidad que hemos impuesto a toda actividad humana. Se ha reducido el espacio interno y el espacio externo porque hemos perdido la noción de las distancias y del tiempo que requiere transportarnos; pareciera que ahora lo hacemos de manera instantánea desde el hogar o desde aparatos que son casi como el hogar (un coche, un avión). Sin tener que desplazarnos físicamente nos comunicamos y nos “tocamos” con otros sujetos que se encuentran a grandes distancias. Mucho antes, Marshall McLuhan afirmó que los medios que hacen esto posible son en realidad “extensiones” de nuestras manos, brazos, oído, ojos. Su posición prefiguraba la de Virilio cuando recurría al mito de Narciso para afirmar que el ser humano se “entumece” ante su propio reflejo (sus medios o “extensiones”) tomándolo como si fuera otro. Más allá del mito, McLuhan explicaba que para que una extensión sea tolerable para el cuerpo, es necesario un entumecimiento o “amputación” del órgano extendido en la conciencia. Es decir, cada medio implica un “olvido” del cuerpo, en particular de la función corporal que se encuentre ampliada o extendida en ese medio particular. Según McLuhan la electricidad misma es un medio que supone la “extensión” del sistema nervioso central; su diagnóstico fue hasta cierto punto similar al de Virilio, para quien la reducción del espacio interno y externo en la era de las tecnologías eléctricas amenaza la anulación del cuerpo entero.

 

Si nos atenemos a la célebre frase de McLuhan, “el medio es el mensaje”, así como a su distinción entre el “mensaje” y el “contenido” de un medio, pareciera que el “contenido” del medio tecnológico es una comodidad cada vez más efectiva en cualquier actividad humana, mientras que el “mensaje” es la pérdida de las distancias que hacen posible no sólo la crítica sino también la memoria de la corporeidad de la existencia. “Podemos prescindir del cuerpo”: parece que este es el “mensaje” de las tecnologías que desafían la velocidad del sonido y las barreras fronterizas. La tendencia tecnológica, científica, incluso arquitectónica pretende que el individuo logre tal comodidad en sus actividades, para que se traslade como si trajera una casa rodante, un caparazón, y así su espacio interno sea atendido en cualquier situación del espacio externo (por medio del celular, tarjetas de crédito, chips, laptops, transportes de velocidades nunca antes conocidas). La pérdida de la noción de las distancias también es una pérdida de la noción del tiempo que requiere recorrerlas, la noción del esfuerzo, de las sensaciones corporales, que quedan reducidas a la experiencia virtual (sea la televisión o la realidad virtual). Esta es una forma de anulación del cuerpo y del espacio, sacrificados en favor de la velocidad, de la extensión de nuestros pies. En este sentido Virilio apunta que hemos restado importancia al espacio de la tierra, al suelo, al peso y al volumen del cuerpo, incapaz de seguir la velocidad de transformación tecnológica. Dejamos de usar el cuerpo, y al hacerlo dejamos también de pensar en sus limitaciones, por una parte, y en su capacidad de resistencia, de transformación, por otra. Tal vez resulte que su movimiento, con todas sus limitaciones físicas, podría ayudarnos a reconocer ese mensaje de anulación y trascendencia de lo corporal y regresarnos la conciencia de la finitud.

 

El cuerpo existe en relación con el espacio; sin el espacio no sabemos cómo es, qué tamaño tiene, qué sensaciones externas recibe que lo configuren en nuestra mente; con relación a lo otro nos enuncia nuestra condición existencial: la finitud; nuestra condición física, limitada, breve. A partir de una estructura, de una montaña, de un inmenso árbol, sabemos de qué tamaño somos. Cuando perdemos el referente de nuestro cuerpo como una particularidad dentro de una diversidad de cosas, personas, mundo, caemos en el individualismo automatizado del que habla Virilio, en el “entumecimiento” que teoriza McLuhan y contradictoriamente creemos superadas nuestras limitaciones a través de los medios. Varios filósofos han pensado que el hombre tiene la capacidad que ningún otro ser, de superarse a sí mismo, el poder pensar más allá de lo que es, poder intuir el infinito, lo eterno. Este pensamiento filosófico dice que es en el límite de la finitud que se anhela la infinitud, y aunque nunca se pueda superar la condición ontológica finita, se tiende a participar de aquello que es infinito. Pero si hemos perdido el linde ¿cómo reconocemos lo otro?

 

Creatividad: la metáfora como desplazamiento corporal

Pensar que conocemos el mundo real es para Nietzsche un engaño, pues en realidad no podemos superar la distancia entre la mente y lo real. En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral nos dice que todo conocimiento conceptual es una reducción arbitraria de una experiencia singular. Al conocer homogeneizamos nuestra experiencia del mundo y la clasificamos bajo esquemas de descripción que pretenden ser objetivos pero que se alejan completamente de aquello que creemos conocer. ¿Cómo conciliar mi propia intuición de la infinitud con una teoría del conocimiento que nos dice que todo conocimiento es un engaño? La anulación de la capacidad de conocer en la teoría de Nietzsche revela una carencia: la finitud. El concepto de finitud puede a su vez llevarnos a dos desplazamientos: uno es la angustia existencial de sabernos finitos, en donde el gesto ontológico, la desesperación, el grito, la negación, la falta de fe, revela la finitud y al mismo tiempo algo otro, que no es finito, pero puede ser pensado o más bien intuido. Y el otro desplazamiento es la creación de metáforas, que me gustaría ahondar.

 

La metáfora, en términos nietzscheanos, es un pronunciamiento frente a aquello que no conocemos, frente a lo que se nos presenta como experiencia de lo real. Ese pronunciamiento se estandariza para generar lenguajes, que resultan de las convenciones y no se parecen a la experiencia. La formación de lenguajes y de conceptos elimina las diferencias entre los sucesos o las cosas y las estandariza para poder crear conocimiento; que ha sido entonces apartado del mundo, y se parece a todo menos a lo que creemos que es real. Pero en su cualidad de convención, el lenguaje puede también recuperar o recrear su capacidad de traducción cuando se pronuncia sobre algo específico. En la medida en la que no significa nada, puede significar todo, porque puede utilizar su naturaleza convencional para representar una experiencia, según la reinterpretación o apropiación de sus signos o significantes. La metáfora entonces es mutable, puede extrapolarse, puede utilizarse para configurar cualquier experiencia a partir de lo ya dicho reinterpretándolo.

 

En una concepción textual del lenguaje (Derrida; Barthes), la metáfora sería el movimiento de la relación de un significante con otro, un significado que nace en esa relación, o reelaboración de la relación. Un significado que nace en el límite, en el vacío que existe entre un significante y otro; es traducción, es metáfora. En este movimiento finito, creo yo, se despliega la infinitud como la posibilidad de movilidad en cualquier dirección de sentido, posibilidad creativa. Entonces, la creación, la creación de nuevas metáforas, movilidades y sentidos, participa de aquello que trasciende la limitación. La creación, la metáfora, es posible paradójicamente por su propia limitación, su propia relatividad, su propia indeterminación, su incapacidad de describir con exactitud; así la finitud le permite su transformación. A partir de la revisión de los textos citados, de la reflexión sobre la posibilidad de significación metafórica, propongo un desplazamiento para abrir las posibilidades de creación. Me interesa contaminar mi propio trabajo con la idea de metáfora propuesta por Nietzsche, intentando entender al cuerpo, al espacio y al movimiento como metáforas del límite y no sólo como un límite físico, que surja de la relación de los significantes que en su unión creen analogías de un medio a otro, de la escultura a la danza, del texto al sonido, etc.

 

Transdisciplina: cruces metafóricos de escultura y coreografía

Como artista visual y coreógrafa me ha interesado cierta coincidencia entre la danza y la escultura. Creo que por medio del movimiento se puede generar una pregunta ontológica de la finitud, que nos regrese los pies a la tierra y que, acaso, nos permita preguntarnos sobre aquello que nos rebasa, que nos contiene, que nos permite ser y no no-ser. Me interesan el límite, el accidente, el fenómeno que nos confronta con lo que creemos cierto, seguro, inamovible. El accidente, no en un sentido fatal, sino más bien como aquello que no nos deja continuar mirando pasivamente hacia algo establecido, conocido, sino que nos obliga a detenernos y reflexionar de nuevo sobre el estar ahí. El espacio oblicuo que propuso Paul Virilio funciona como límite, es un lugar que genera inestabilidad constante al cambiar la inclinación de los planos e incluso al hacer esféricos los muros y los pisos, de tal manera que el espacio nos permitiera recordar que existe la gravedad, el peso, el cuerpo.

 

Partiendo del principio de que la movilidad del cuerpo genera una pregunta ontológica, inicié una serie de piezas en las que intenté confrontar al espectador con su propia condición finita a partir de la conciencia de su propio tamaño y ubicación en el espacio por medio de sus movimientos o acciones. Hasta hace poco he descubierto la cercanía de estas piezas con mis experimentos coreográficos más recientes. Lo que busco en el ejercicio coreográfico es, además un espacio que obligue al espectador a desplazarse, que el manejo del movimiento y el sonido modifiquen, junto con la propuesta espacial, la percepción ordinaria, ello a partir de un contraste con el tiempo real en el que se encuentran los espectadores. En suma, busco obligar a los espectadores a volverse conscientes de su propio tiempo, del tiempo real, de su propio cuerpo, en comparación con el escénico.

 

El movimiento, que existe en el espacio y el tiempo, es consustancial a la escultura y a la coreografía, en primer lugar porque ambas requieren del movimiento para existir en el espacio, porque aunque no se realice un desplazamiento al ir de un punto a otro, la memoria perceptual hace uso del paneo tridimensional, un movimiento virtual, para completar el objeto voluminoso que ocupa el espacio. La danza, como la escultura, sucede en el espacio a partir del movimiento, y puede subrayar la manipulación del movimiento para poner en duda la estabilidad del cuerpo. Un movimiento, un desplazamiento del sentido, puede hacer consciente a alguien de su cuerpo, su capacidad y su dimensión, su potencialidad pero también de sus límites. La coreografía, como movimiento corporal, puede generar un extrañamiento de aquello que conocemos como lo real, lo certero; situaciones que enmudecen el ruido externo, que rompen con una lógica condicionada, y nos confrontan con algo que no podemos definir pero que nos regresa la mirada sobre nosotros mismos, sobre lo que pensamos y sobre nuestro cuerpo, sobre el tiempo y el espacio. Existe pues una vía de escape del mundo forcluido, una manera de enunciar la disidencia del mensaje del confort excesivo regresando al cuerpo como escritura, desde su capacidad de actuar y sobre todo desde su incapacidad.

 

Una escultura no se observa como se observa una pintura, una película o una obra de teatro. Para ver una escultura se requiere del cuerpo y no sólo la vista. Es necesario rodearla para percibir su tridimensionalidad y al rodearla se asimila su tamaño, su materialidad, su peso con base en la comparación que podemos hacer de nuestro propio tamaño, peso, etc., como referentes o puntos de contraste. Esta mirada que parte de nosotros mismos para entender aquello otro que observamos, también nos regresa la conciencia de lo que somos frente a eso otro; de lo pequeños o breves que somos, de lo pesado o ligeros.

 

La exploración del tiempo en la coreografía es distinta que en una pieza de artes plásticas, porque una idea abstracta como el tiempo o el espacio en una pieza estática, como una escultura, puede presentarse el concepto tan sólo en un enunciado o la síntesis del concepto. Por el contrario, en una obra de coreografía el enunciado es un diálogo extendido en el tiempo, debe presentarse paulatinamente. Ha sido necesario un trabajo de traducción, de creación de nuevas asociaciones o metáforas sobre el tiempo, el espacio y el movimiento. A partir de la modificación del espacio y la manipulación del tiempo en el movimiento, modifiqué la ubicación espacial de los bailarines y el público, buscando tomaran conciencia sobre su propio cuerpo desde la percepción individual de un espacio intervenido y un tiempo no lineal.

 

En mi última obra coreográfica, recientemente realizada, titulada Calle (de la providencia) #1109, hago analogías y desplazamientos de los principios escultóricos con los coreográficos: espacio, tiempo y movimiento. El espacio escénico fue un pasillo que medía diez metros de largo por cinco de ancho; en él se ubicó al público y a los bailarines. El manejo coreográfico del movimiento sugería una irrupción en el tiempo lineal, acelerando, pausando o alentando las acciones. El espacio se cerraba sobre sí mismo, reduciendo la distancia entre espectadores e intérpretes, y modificando la relación entre estos últimos, utilizando la proxémica como pretexto para la gestación de movimiento.

 

 

La dramaturgia, el subtexto que acompañó a la obra, fue la narración de un grupo de gentes que entran a un lugar que se vuelve laberíntico, encerrado y que les revela que sufren un encierro espacial y temporal. En el guión argumental pero también a partir de la experiencia del espacio que contiene al espectador, que cambia su forma y agrede la postura del espectador, intento confrontar al que participa, señalando una imposibilidad, una frustración en los límites espaciales y corporales; y ésta limitación, paradójicamente, se vuelve el germen del impulso que transforma el cuerpo en un intento por rebasar sus propios límites, en este caso se convierte en el material coreográfico y simbólico.

 

Conclusión: ¿en qué consistió mi desplazamiento?

 

Pienso ahora el cuerpo no sólo como un receptáculo de sensaciones, sino como un cuerpo que se escribe con metáforas y que puede metaforizar para pronunciarse. Se trata de un espacio mínimo que nace en la relación de significantes que se reúnen bajo una configuración particular. Lo pienso como una relación, como un espacio en potencia, un límite. La metáfora del límite también la entiendo como una acción concreta que modifique un espacio en sus dimensiones físicas o simbólicas, que ocurra en cualquier gesto que señale la virtud de la limitación como posibilidad creativa.

 

Finito-Límite-Limitación-Carencia-Vacío-Espacio-Posibilidad-Creatividad-Pronunciamiento-Enunciado-Crítica-Cuestionamiento-Traba-Finitud-Finito…

Bibliografía:

  • Dorfles, Gillo. El intervalo perdido, Lumen, España, 1980
  • McLuhan, Marshall. Comprender los medios de comunicación; Paidós, España, 1994
  • Nietzsche, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y ortos fragmentos de filosofía del conocimiento, Tecnos, 2012
  • Virilio, Paul, Amanecer crepuscular, FCE, 2003

 

 

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Contaminación y edificación

Contaminar: ¿el camino hacia la edificación?

por: Emmanuelle Sanders Bustos

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En este ensayo busco enlazar las conexiones entre lo que tres grandes pensadores, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Marshall McLuhan, nos proponen acerca de la epistemología (o teoría del conocer) pero también pretendo plasmar lo que en mi criterio se ha visto “contaminado” al conocer sus postulados y de qué manera respondo a la reflexión, a la crítica, para conocer de manera creativa.

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ACERCA DEL CONOCIMIENTO…

En el ensayo “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, Nietzsche cuestiona el papel del intelecto en el sendero que ha interesado a los grandes pensadores, “la búsqueda de la verdad.” Afirma ahí que “[e]l intelecto es un medio de conservación del individuo, que desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que este es el recurso merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos.” En este sentido, Nietzsche nos habla también de la imposibilidad de conocer la “realidad objetiva”, cuya percepción se compone de toda clase de engaños o “mentiras” que nos llevan a viajar en la experiencia a través de la superficie de esta y no a hacer un esfuerzo por entender las causas, los impulsos creadores.

Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen. (…) Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales (…) Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad, ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes (…) éste se limita a designar las relaciones entre las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces”

(Nietzsche, “Sobre verdad y mentira…” p. 26-27).

 

Pareciese que Nietzsche nos empuja a darnos cuenta de que las metáforas son la única posibilidad de explicar los hechos, apelar a las causas y encontrar una referencia para este mundo tan inhóspitamente incomprendido. Siguiendo a Nietzsche, las metáforas serian como ese puente o lazo entre el hombre y el objeto, digamos, un facilitador de una epistemología dialéctica. Si pensáramos que el ser humano nace como tabula rasa, la epistemología sería una incitación a regresar al nacimiento como medio de salvación. Sin embargo, Sigmund Freud nos dice al respecto:

 

“Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello. Representan los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica. Aunque causa última de toda actividad, son de naturaleza conservadora (…) así, el acto de comer es una destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión más íntima. Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las manifestaciones de la vida”

(Freud, “Esquema del psicoanálisis, p. 146-147)

 

Pareciese que estas pulsiones hacen las veces de grandes archivos que guardan las memorias heredadas de los antepasados, para que en su posterior desarrollo, guíen la estructura configuracional de la vida, con lo cual no se sustenta la idea de tabula rasa y por lo tanto se fortalece el argumento de la imposibilidad de que el ser humano logre el olvido en su totalidad. Al respecto, comenta McLuhan:

 

“En la idea freudiana de que cuando no logramos traducir algún acontecimiento o experiencia en arte consciente, lo «reprimimos». Es este mismo mecanismo el que nos entumece en presencia de aquellas extensiones nuestras que son los medios. Así como las metáforas transforman y modifican la experiencia, también lo hacen los medios. Como en toda metáfora, intervienen complejas relaciones (…) Es de este modo, viendo un conjunto de relaciones a través de otro conjunto, que almacenamos y amplificamos la experiencia en formas como el dinero. Porque el dinero también es una metáfora. Y todos los medios como extensiones nuestras sirven para proporcionar nueva conciencia y visión transformadoras”.

(McLuhan, Comprender los medios, p. 80)

 

Después de Nietzsche, Freud y McLuhan, pareciese que el concepto “verdad” no tuviese dignidad, y que estamos por lo tanto transitando en un camino laberintico de salida dudosa. Tengamos en cuenta que el intelecto no es el amigo incondicional en el que podamos confiar plenamente; sin embargo, tampoco se debe extrapolar esto como una inquisición de la conciencia sobre la propia conciencia. Siempre hay salidas alternas, como el jardín de los senderos que se bifurcan. Si la verdad en escala absoluta es una ilusión, sería más acertado pensar que esa convención generalmente válida y de aceptación casi universal sólo puede ser entendida a escala media como la conjunción de verdades y mentiras. Es como si garras de gran tamaño intentaran aferrarse a toda costa a la ilusión de realidad, en contra de la cual la contaminación como medio jugaría su papel protagónico.

 

“Es el medio el que modela y controla la escala y forma de las asociaciones y trabajo humanos. Los contenidos o usos de estos medios son tan variados como incapaces de modelar las formas de asociación humana” (McLuhan, “Comprender los medios” p. 30)

 

Si adoptamos la visión mcluhaniana de la tecnología como reguladora de la percepción humana, el uso del concepto “contaminación” podría ser entendido como un medio propulsor, una necesidad suficiente que incita a accionar para encontrar un balance mínimo para la supervivencia. La tecnología ya no sería vista meramente como un distractor, o como una especie de velo translúcido que no permite ver con fidelidad los campos de lavanda. Esta idea pareciese incitar a una fuga direccional hacia algo intocable, incognoscible e incluso intransformable, alguna idea un tanto utópica de posible manifestación, como si se tratase de una perla alienígena pura en espera de ser encontrada en la tierra.

 

SOBRE LA CRÍTICA Y LA CREATIVIDAD…

“Está claro que la fragmentación, o especialización, como técnica para obtener seguridad bajo la tiranía y la opresión, conlleva un peligro concomitante. La adaptación perfecta a cualquier entorno sólo se logra con una dedicación absoluta de las fuerzas y energías vitales, que equivale a una especie de término estático. Incluso los cambios leves en el entorno de los muy bien adaptados los sorprende desprovistos de recursos para enfrentarse a nuevos retos. Ésta es la difícil situación en que se encuentran los representantes de la «sabiduría convencional» en cualquier sociedad. Han colocado toda su seguridad y categoría en una única forma de conocimiento adquirido, de modo que, para ellos, la innovación no supone novedad, sino aniquilación.”

(McLuhan, “Comprender los medios” p. 89)

 

¿Será la crítica plausible de ser entendida como una especie de contaminación? Si los medios son extensiones de las capacidades humanas, entonces la crítica misma sería un medio, una metáfora creadora de cercanía de nuestro intelecto hacia la posibilidad fragmentaria propia del concepto de crítica para analizar nuestro personal punto de partida. Si partimos del concepto de crítica como forma que proviene de la teoría (una convención aprobada), y damos lugar a la contaminación, que funcionaría como una especie de agente parasitario de nuestro intelecto, podríamos decir que la crítica es en sí una clase de contaminación. La contaminación del pensamiento, de las ideas y por ende del accionar (función del ser) sería una analogía de la violencia en un sentido amplio, donde el objeto de la violencia sería todo aquello que fuese apartado, discontinuado, vetado de seguir el desarrollo de su proceso, una ruptura. La contaminación se puede entender como un cúmulo de impulsos diseñados con un fin, como una inserción, una especie de acto presencial que perturba la realidad, exponiendo así una necesidad humana que de forma sutil altera el equilibrio y en una potencializacion veta la continuación de la vida (realidad). Se ejerce una especie de violencia indirecta en el concepto de contaminación que impacta prioritaria y primariamente en la mente, en la fuente, el génesis, ahí donde residen las ideas, el intelecto, los conceptos, el pensamiento, la realidad.

 

“Ahora se puede programar una proporción entre los sentidos muy parecida a la condición de conciencia. Sin embargo, esta condición necesariamente habrá de ser una extensión de la propia conciencia, así como la rueda es una extensión de los pies en rotación. Después de haber extendido, o traducido, el sistema nervioso central en tecnología electromagnética, una fase posterior podría ser el verter también la conciencia en el mundo del ordenador. Entonces, por fin, podremos programar la conciencia de tal modo que no podrá ser entumecida ni distraída por las ilusiones narcisistas del mundo del espectáculo, que acosan al hombre cuando está extendido en sus propios artefactos.”

(McLuhan, “Comprender los medios” p. 81)

 

También podemos hablar de la contaminación como metáfora de una realidad con dos caras, una consciente y una inconsciente, siguiendo a lo que nos plantea Freud. Es en la mente en donde la contaminación comienza como fuerza destructiva y en donde puede encontrar su promesa benéfica funcionando como propulsor para “salvarnos” de un desaventurado destino.  El impacto de las pulsiones en la psique y en nuestro entorno material amplía las posibilidades semánticas del concepto contaminación, haciendo preponderar su fuerza destructiva. Analizándolo así podemos decir que la para la realidad consciente los propulsores de la contaminación serían las pulsiones destructivas o de muerte, que llevarían, potencialmente, a la auto-destrucción del ser humano, como si no hubiese salida posible. Pero existe, también, otro camino de amplia desembocadura. Los desplazamientos o movimiento que genera la contaminación son de un impacto de amplio espectro, una violencia indesligable del arte de la transformación. Este arte, a su vez, puede entenderse como un ejercicio de mediación, si nos atenemos, por ejemplo, a lo que dice McLuhan sobre el impacto de los medios en “el cuerpo social”:

 “Los nuevos medios y tecnologías con los que nos amplificamos y extendemos constituyen una inmensa operación quirúrgica practicada en el cuerpo social con absoluto desprecio de los antisépticos. Si dicha operación es necesaria, debe considerarse la inevitabilidad de infectar todo el organismo en su transcurso. Al operar una sociedad con una tecnología nueva, no es el área de la incisión la más afectada. La zona del impacto y de la incisión es insensible. Es el organismo entero el que ha cambiado” (McLuhan, Comprender los medios, p. 85)

 

Aunque la crítica es elemento inseparable del arte en su amplio concepto, deberíamos hablar también de la creatividad. Si la crítica es como la imagen de un vidrio convertido en añicos, la creatividad por su parte seria la implantación de ese objeto de vidrio en la realidad, a sabiendas de que, como afirmó Lavoisier, “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”.  La creatividad posee una propiedad un tanto premoniciosa pero si se observa que el acto de convertir en añicos ese objeto de vidrio, ya sea por dejarlo caer, golpearlo o abatirlo a palos, ahí aparece un “acto de presencia” de nuestro ser, al tomar el papel de detonador de dicha transformación lo cual es enteramente creativo sin particularizaciones y encuentra su lugar en el presente, a pesar de que la conservación de dicha critica permanezca en el pasado. En este sencillo ejemplo ya podemos vislumbrar la estrechísima relación de la crítica y la creatividad, con lo cual pensaría que esta segunda, la creatividad es también una extensión humana, por lo tanto una metáfora y así una clase sutil de contaminación o acto propulsor del desarrollo humano.

 

Bibliografía

Freud, S. “Esquema del Psicoanálisis” en Obras Completas, Buenos Aires: Editores Amorrortu.

McLuhan, M. 1996. Comprender los medios de comunicación: las extensiones del hombre, Barcelona: Paidós.

Nietzsche, F. 2012. “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento”, Madrid: Tecnos.

 

Ojo de ave

por: Marco Quitzé Estrada

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Un sentimiento “extraño” inunda la lógica del comportamiento humano. Algo que ya desde la antigüedad se intuía y que ha pasado mucho tiempo en la oscuridad y va dirigido hacia el olvido. Los grandes traslados del pensamiento hacia la filosofía y la búsqueda de una verdad más o menos aceptable para la época han invocado la energía y esfuerzos de más de un pensador. En ese sentido, Nietzsche, Freud y McLuhan han realizado “saltos cuánticos” con respecto a sus sociedades, más bien cerradas y conservadoras. Pero lo que ellos han “tanteado” no es más tranquilizante para el humano que el desconocimiento total, pues son ideas que ponen a temblar los cimientos de todo aquello que damos por hecho. Colocan en un punto crítico y de vulnerabilidad tremenda al ser humano y social.

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Nietzsche nos muestra al humano como un ser diminuto con un alcance de entendimiento mínimo y que siempre estará atado a su propia percepción, es decir, que no puede señalar o mostrar verdades lejanas a sí mismo. La ciencia, por ejemplo, no existe en otro lado que no sea el ojo humano, las reglas físicas de luz y color no son universales, sino que dependen del humano. Dicha situación, provoca la duda como única convicción y nos induce a decir que “no existen leyes inamovibles o principios sólidos de cualquier certeza humana, todo se disuelve y se funde con todo”. Veámoslo de otra manera, ¿qué relación podría tener una palabra como “cielo” con aquello que pretende nombrar? ¿De qué parámetros o estándares nos valemos para darle un carácter masculino a “EL” cielo? Es claro que el lenguaje es una herramienta arbitraria e injusta que además se apega solo a la percepción u opinión de unos cuantos que buscan facilitar el orden a través de una clasificación divisoria y discriminatoria. Por ello, Nietzsche intenta explicarnos que el mensaje oculto en el tejido del medio – la cosa en sí – siempre es procesado y filtrado por los campos perceptuales de los sentidos humanos, perdiendo gran parte de sus características propias y adquiriendo las nuevas que utilicemos para describirlas. Así, nos vemos obligados a ligar mentira tras mentira como buscando en ello algo de tranquilidad y estabilidad perceptual, un equilibrio que permita el aparente dominio inquebrantable de los sentidos y la razón. De ésta manera somos capaces de enfrentarnos no a la realidad, pero sí a la mentira que ya podemos entender, intentando huir del peligro que sabemos significa vivir.

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Así pues, Nietzsche propone el juego como una manera para alejarnos de un colapso nervioso y de la declaración de mentiras como verdades: el juego de los saltos suicidas de metáfora a metáfora, pero sobre todo, la aceptación de la metáfora como tal sin buscar darle carácter de verdad. Este pensamiento-sentimiento, de mirar al hombre como metáfora, existe en la humanidad desde tiempos remotos; ha sido relacionado con la mística y ha caído en manos de la “religión”, pero las palabras de Nietzsche ayudan a clarificar el mensaje que ha viajado a través de nosotros. La Biblia menciona que estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”. Podríamos interpretar esto como “somos la metáfora de Dios”, quién a su vez es la metáfora del mundo y su aparente “orden”. Somos metáfora de este planeta y por tanto él nos refleja; podríamos mirar afuera y pensar que vemos algo distinto a nosotros, pero en realidad es nuestro propio reflejo. Incluso, podríamos decir, es nuestra propia extensión. El límite dado por la piel es completamente perceptual, en realidad, la misma composición dentro de nuestro cuerpo está afuera. El contendor que significa la piel es un engaño, ella es contenida por el planeta, metáfora de la célula.

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La marea de estos pensamientos e ideas, provoca un sentido que huye de todo acuerdo social y que podría ser señalado como un contra, es el “sentido extramoral”, clave en la lectura de Nietzsche. Él nos explica que es necesaria la mentira para enfrentar una realidad traumática donde el olvido es la única ley para el humano. No vivimos una época desvirtuada por el exceso de mentiras, sino el olvido de que son mentiras. Nietzsche nos invita a recordar la metáfora y su carácter móvil e inaprensible. Por su parte, Freud nos dice que la creación de metáforas y mentiras nace en la “psique” humana. La psique se compone de tres áreas básicas: lo inconsciente (el ello), lo consciente (el yo) y el superyó. Es en el superyó que se genera la mentira como mecanismo de defensa hacia el peligro que implica el estar vivo y relacionarse con el medio y los otros. Dicho peligro se refiere a lo frágil que es el humano en sí como lo conocemos, con sus límites, individualidad e intimidad. Estos procesos de decisión y formación de carácter (moral, personalidad) son explicados por Freud a través de arduos –cabe decir arbitrarios – esfuerzos por hacer ciencia la metáfora, por teorizar y explicar aquello que se escapa de nuestros sentidos y duerme en la inconsciencia del ser.

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El humano cómodo es extremadamente frágil, sus huesos son de cristal y siempre está en peligro; nos referimos a la moral enseñada por los otros, a los estándares y acuerdos regulares que nos “normalizan” frente a un mundo como este y que siempre es asechado por el “ello” que conocemos como la demencia, o la inconsciencia.Desde el ello viaja el mensaje antiguo y primitivo que nos impulsa a ir hacia lo desconocido, lo extraño; es herencia pura no de nuestros padres y familiares; es el bagaje humano y que se relaciona con el aprendizaje del mismo medio, es decir, una memoria que implica la evolución desde la formación del planeta, metáfora tras metáfora. Ahí se figura una respuesta clave para descifrar el mensaje que implica el cuerpo y el medio.

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Este es el sentimiento “extraño” que nos inunda. Son pulsiones formadas en el ello que pueden ser creativas o destructivas, no siempre de una sólo manera, sino como dos variantes que se mezclan entre sí, se unen y se dividen. Son fuerzas que constituyen la una a la otra, pero que siempre tienen como fin la preservación del ser. Estos son pensamientos que también podemos deducir en la filosofía antigua de la India, cuyos textos sagrados explican que no existe retroceso en la vida espiritual. Puede que la distancia se vea aun amplia, pero en ambos casos se está hablando de información cultural y evolutiva que contiene el ser humano; no puede ser “recordada” pero sí intuida; la intuición siempre estuvo ahí y nunca se separará de él. Es el aprendizaje del que nos hablan textos como el Bhagavad Gita. Se utilizaron diferentes metáforas para referirse a la psique y que a su vez combinaban la “cosa en sí”, sin diferenciar límites o divisiones. La “cosa en sí” es Dios, en el Bhagavad Gita, Krishna. Este dios genera pulsiones en nosotros que buscan acercarnos a él; los devotos dicen que Krishna está ansioso porque volvamos a él y que siempre nos está llamando, pues nosotros somos “extensiones” suyas, como la metáfora “del humano y sus inventos” que más adelante tocaremos. El pensamiento de que una divinidad nos habla es la síntesis de pulsiones generadas por el ello, pues éste no solo vive en la psique, sino que es la fuente que nos vincula a todo eso que “no somos” pero que siempre hemos intuido en nosotros.

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A pesar de las pulsiones generadas por este conocimiento heredado o por los llamados de alguna divinidad, existe algo que siempre nos impedirá acercarnos: es el miedo, el miedo impuesto por el “ego”, que en el Bhagavad Gita es nombrado “maya”, palabra sánscrita que significa ilusión. La mentira consume al humano y le impide realizar sus profundos anhelos. Pero las pulsiones, sean destructivas o creativas, siempre van en sentido de la evolución. La muerte es una manera de preservar al ser, en ese momento uno aporta a este ello, fuente inagotable de todas las fantasías, sueños y metáforas del ser humano. La muerte del padre, por ejemplo, permite la realización del hijo; de manera inconsciente el padre sabe que debe morir. El enfrentamiento con esta pulsión provoca temores que aprehenden la realidad y los acuerdos, el padre cae en el delirio senil porque se amarra a los valores pasados y caducos de su propia persona; se genera el olvido para superar una verdad tan cruda como el anhelo de la muerte y como el indetenible cambio. Entonces el superyó ha reaccionado de manera contundente, ha suprimido la pulsión de muerte pero en realidad no está favoreciendo al proceso evolutivo, sino al proceso individual del “yo” y su conservación. Por eso la intuición generada en el humano a través de meditaciones en el Bhagavad Gita, ya nos indicaban que debíamos controlar éste “superyó”, Krishna dice que el sentido de ésta vida es recordar, es decir, contactar y liberar el ello.

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A raíz del salto cuántico que podría significar el aporte de estas ideas, ¿qué visión y manifestación puede transmitir el arte? ¿Qué tan realmente cerca o lejos estamos de poder aprender de las metáforas que formamos en el mundo exterior? El propio arte, medio de expresión y comunicación, ¿realmente nos refleja y nos advierte sobre nuestras reacciones frente al “invento”? ¿O hemos llegado a tal punto del olvido, la defensa y protección que no podemos mirarnos en otra cosa que no sea nuestra propia imagen? Aun poniendo en duda las tecnologías y sus fines en una sociedades como la nuestra – consumidora e industrial – no podemos negar que ellas llevan un mensaje directo a nosotros que permitiría entender otras áreas de acción y de trabajo humano. La electricidad – metáfora del sistema nervioso – nos muestra la velocidad de respuesta que verdaderamente tiene la mente y el organismo humano, a través de “cargas” de información que se disparan de un lado a otro. “Información pura”: cada posible reacción lleva toda una secuencia de información para realizar las acciones. La era de la automatización se dibuja como un monstruo aceptando toda mentira como verdad y solución, ¿hasta qué punto del entumecimiento el humano cobrará consciencia? ¿Cómo despertar todas aquellas potencialidades que el humano había desarrollado de sí mismo o que puede seguir desarrollando? La resistencia al medio y al miedo, la relación y esfuerzo por leer el mensaje lo hacía situarse en un plano crudo dónde su decisión y propuesta de metáforas era todo lo que podía aportar y por tanto el hecho de levantarse frente a otros significaba valor y fortaleza. ¿Cómo mezclar ese humano antiguo con lo que somos hoy? Débiles y más bien excesivamente cobardes por el exceso de comodidad o extensiones innecesarias… ¿existe comunidad de agua…?

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La búsqueda por despertar al inconsciente es la lucha del arte. Tanto la meditación como la filosofía, la ciencia o el arte buscan provocar el acto reflexivo de darse cuenta, expandir el campo de la conciencia. Unos a través de la propia escucha, otros a través de la escucha del medio, pero siendo todo metáfora de lo anterior o lo posterior, es posible toparse de cara a la conciencia en todo camino. En la década de los sesentas se originó un movimiento desde las letras conocido como “infrarrealismo”. La metáfora del nombre es una realidad constituida por infinitas posibles corrientes alternas para abordarla. Su propuesta era la que fuera la contra de la ordinaria, jugando con la imagen de un mundo reflejado en el ojo oscuro del ave. Fue llamado movimiento de “contracultura”, no por negar la cultura existente, sino porque se miraban como la propia contaminación de ideales tradicionales o estándares perceptuales acerca del arte, como metáfora de la existencia | vida. No se regía por una serie de líneas o principios, era por un espíritu de contradecir y buscar las flaquezas de certezas no solo artísticas, sino sociales y culturales. La mirada de los infrarrealistas fue severa y cruda, pues buscaban mostrarnos que el arte – tanto como el humano – ha sufrido una “estandarización” y ha perdido su cualidad crítica más bien volviéndose decorativo y dejando un buen sabor al gusto. Esto es propio de una época donde todo puede ser capitalizado, se busca que el mensaje, por duro que sea, pueda “atraer” al espectador, y en este esfuerzo se termina por distraerlo. Nos mostraron el “infra”, la metáfora del inconsciente humano donde la percepción deforma toda imagen, sonido, aroma o sensación; es el punto donde se descifra el mensaje. Es un entendimiento no racional, sino visceral. No importa la estructura del texto, sino su plasticidad y una diminuta sensación de que se está hablando de algo no humano, pero con el interminable tormento de saber que nos sentimos identificados. No importa la estructura de la vida y el estar cotidiano, sino el mensaje que generamos en él.

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Un aire de “mexicanos perdidos en México” empapa nuestras vidas, el infra es no separar. Nos enseña el crecimiento humano sin dirección ni lógica; observa la evolución y aporta. Un rompimiento agudo y visceral, ahumando lentes, miradas y conceptos; una crisis palpitante y encarnada. Esa poesía visceral ha sido motivo de muchas de mis respuestas creativas. Un viejo surgido del imaginario apareció de manera constante achacando y reprochando un semblante débil de la humanidad… nació desesperado y lleno de ira, con gritos y aullidos de metáforas que nadie comprendió… se deslizó, se deslizó y ahora sólo observa, se ha vuelto guía duro y severo, excelente observador… ¡La intuición como manera de estar! De ahí surge una “danza onírica”, la construcción de un acto escénico a partir del movimiento provocado en la vigilia; antiguos personajes que han recurrido mi trabajo durante el último año, personajes violentos escupidos de la crisis han visto la sínfisis de una calma blanca. El movimiento nace de la respiración; la costillas se desplazan conforme se inflan y se vacían los pulmones; el movimiento se proyecta sobre el resto de las articulaciones y poco a poco en el espacio. La conexión y coordinación con el otro y la respuesta a sus estímulos es la esencia del acto. Sólo una comunidad de agua podría transmitir un mensaje tan antiguo. La metáfora de la utopía; el acto se confunde con los sueños del espectador. Un vaivén palpitante se balancea entre los seres vivos… ¡pero de verdad vivos! Conscientes de su resonancia, su reflejo y su metafórica existencia… Un estado que no podemos encontrar de manera permanente, pero el efímero instante que se vive despierta aquello que estamos por conocer de nosotros mismos.

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“Textura en Tinto” es un acto delineado… sus formas y maneras invitan a quien lo ve a conectarse, nos hace pensar por un momento que un diálogo transparente puede existir entre nosotros a partir de fenómenos tan orgánicos como la respiración, un elemento que los espectadores señalan constantemente. Son símbolos y metáforas tejidas, nada está dicho o señalado, es un diálogo a través del estimular los sentidos y referenciar las formas energéticas dadas por el propio cuerpo desde el esqueleto: constantemente se dibujan los trazos de los huesos o las venas con el movimiento. El cuerpo se delinea.

La contaminación a través de la sublimación, una “insoportable levedad” inunda la atmósfera del espacio. El sueño y el suspiro se balancean hasta lo incómodo del reflejo, surgen preguntas respecto al vínculo humano.

El proceso no es ordinario, no se trata de un montaje de secuencias o acciones, sino el recuerdo y digestión de exploraciones colectivas donde la palabra pasa a segundo término, es la acción la que toma su lugar. Es un proceso minucioso y detenido donde el azar juega un papel importante.

Los espectadores han podido encontrar que la “relación” es el mensaje del acto, el tacto al otro, el juego con los elementos y el espacio. Darnos cuenta de ésa relación y como las decisiones modificarán nuestro aprendizaje o conocimiento.

Es un trabajo en crecimiento, pero su búsqueda es el llamado al inconsciente, extraer al individuo de su realidad para mostrarle el inconsciente colectivo al que todos pertenecemos con el sueño como metáfora… ahí tanteamos, percibimos… olemos… sentimos la comunidad de agua para transmitirla… casi como un recuerdo que alguien más pensó:

¿…pero por qué está en mi memoria?

La mentira_la metáfora

por: Diana Xóchitl Molina Aguilar

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“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.”
Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

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I. La mentira

Imaginemos este minuto, un minuto sagrado en el que el humano absorbe el sentido de la existencia por primera vez. Lo percibe todo de una manera tan nítida y transparente que incluso llega a pensar que toda su existencia no ha sido nada más que un tonto y absurdo humano, que vivió poniendo sus ojos, sus manos, sus pies, y sus pensamientos en superficies vacías, engaños y falsedades. Se da cuenta de cuán arrastrado ha sido por la vertiginosidad del tiempo, y sin embargo, lo olvida. La sensación de haber alcanzado la “verdad” lo hidrata, y su ego crece junto con la mentira. En este momento olvida que él no es nada por el mismo sino por el todo que conforma el todo. Se olvida que realmente es solo una partícula diminuta, de millones y millones de partículas del cosmos. Y justo en ese preciso momento en el que cree poseer “la verdad” la naturaleza responde a su vanidad arrebatándole todo, le impregna el olvido infinito y le hace imperfectos los sentidos. Aquí es cuando el hombre es destinado a la serie ininterrumpida de sufrimientos y placeres. Sin fin. Así de cruda es nuestra existencia. Así de finito es el humano, en una condición tan infinita al mismo tiempo. Limitados e infinitos. Lejanos al conocimiento, la verdad. Condicionados a olvidar y recordar en ciclo constante. Para Friedrich Nietzsche “la verdad” se compone de ilusiones creadas por el hombre, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente, que después de un uso prolongado, un pueblo considera firmes y certeras. Es decir, ilusiones que hemos olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas. ¿Qué es lo que esto implica?

Pese a que en nuestra condición humana no existe nada seguro, nada estable ni cierto, se nos olvida que toda certidumbre es mentira. Dejamos de ver a las metáforas como metáforas, para verlas como objetos ciertos y tangibles. Gracias a esta ley de olvido, permanecemos viviendo con cierta calma, seguridad y consecuencia. Ni siquiera nos preguntamos de dónde viene ese impulso de sujetar todo, de construir una verdad, porque durante toda la vida, la sociedad se encarga de mantenernos distraídos con sus criterios y creencias. Según Nietzsche, solo hemos prestado atención al compromiso de mentir borreguilmente de acuerdo con un estilo vinculante para todos, y es precisamente a consecuencia de este compromiso que el hombre adquiere el sentimiento y el impulso hacia la verdad. Es así como nos convertimos en maestros del arte de fingir, permaneciendo toda la vida tomando ilusiones por verdades. ¡Suena catastrófico! Es un “choque” inesperado y doloroso cuando nos damos cuenta que todo lo que construimos e inventamos, todo aquello en lo que creemos, incluso esto, es nada más que una mentira.

 

¿Entonces, que es lo que podemos hacer desde nuestra condición humana? ¿Podemos hacer algo más que no sea solo descansar en la crueldad, la codicia, la insaciabilidad? ¿Hay acaso algo más que no sea solo dormirnos en la indiferencia de nuestra ignorancia? Quizás la respuesta puede ser tan absurda como simplemente: No dormirnos. Ser conscientes de que la sociedad y las buenas costumbres han contribuido a que pasemos toda una vida ciegos, dormidos, engañándonos día con día. Por la noche, abrazados y envueltos por el sueño, que es quizá nuestro momento más importante. Tal vez por eso Sigmund Freud centra todo su interés en el análisis profundo del sueño, el acto del dormir nocturno, donde el inconsciente y la psique es desenvuelta, donde nada tiene un sentido lógico: nada es verdad pero tampoco es mentira.

 

Freud nombra al “ello” como todo lo inconsciente, que contiene todo lo heredado, lo que traemos con el nacimiento, y lo que nuestra genética trae consigo. “Ello”: donde surgen dos pulsiones psíquicas base, que sirven para satisfacer nuestras necesidades congénitas: la pulsión del amor (eros) y la pulsión de la muerte (tanathos) por las que el humano, “el yo”, transita en infinito rebote y mezcolanza. “Yo”: que se forma únicamente por lo que él mismo ha vivido, que tiene la tarea de la autoconservación, siempre aspirando al placer, huyendo del displacer.Entonces, el destino de las pulsiones parece resolverse en un principio de nirvana, en algo que pareciera paradojal: “el deseo de cesar de desear”, el deseo de dejar de estar adherido al placer o goce, en una disipación ya exenta de conflictos y, por ende, de sufrimientos. Es aquí donde vuelve a aparecer nuestra condición humana. Nos es absolutamente necesario morir, ir de vuelta al estado inanimado, de regreso al “ello”.  En este sentido Freud concibe el acto del dormir como el regreso al vientre materno. Debido a que el yo interrumpe sus vínculos con el mundo exterior, suspende temporalmente sus investiduras con los órganos de los sentidos y permite el regreso a un estado anterior, el inconsciente. Por ello, también es absolutamente necesario dormir, puesto que es en este momento que el “yo” se puede adherir momentáneamente al “ello”. Sin embargo, el “yo” también está formado por un “super yo” que se vuelve en la mayoría de los casos un enemigo; debido a que  es simplemente un ideal construido a partir de la infancia, por nuestros padres, la familia, la sociedad, el pueblo, aquí es cuando el yo corre peligro, sin darse cuenta, comienza a dejarse dominar por  el “super yo” asumiendo las verdades asumidas por otros. Pero una vez más todo está conectado. Los textos filosóficos, artísticos, científicos y religiosos, repito, todos no quieren decir lo mismo. En el Bhagavad-Gita (libro védico de la India) por ejemplo se nombra como “maya” (palabra sánscrita que significa ilusión) a todo lo que hemos creado. El mundo material, los sentidos, la mente,  las instituciones, las enfermedades, el tráfico/ la inercia en la que se arrastra el mundo. El mundo material es la trampa, nuestra distracción, y nosotros los humanos, lo pasamos por desapercibido, y en lugar de despertarnos luchamos por adaptarnos a la ilusión.

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“Existen muchos peligros en la vida, debido a que el mundo material es un lugar de peligro. Nosotros tendemos a cerrar nuestros ojos ante esto y debido a que somos tontos, tratamos de adaptarnos a estos peligros”

Bhaktivedanta Swami Prabhupada

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Nos quedamos dormidos, por miedo. Y muy pocas veces hacemos algo por enfrentarlo. Vivimos “engañados” (en la ilusión) gracias a que dividimos la existencia entre el día y la noche, separamos dolorosamente la vida y la muerte, moralmente creemos en lo bueno y en lo malo, ¡Qué tontos y absurdos somos! Porque no se puede separar: ¡nada se puede separar! Todo y todos venimos de la misma cosa. Todos somos lo mismo. En esencia compartimos los mismos pensamientos, queremos decir las mismas cosas, porque todo lo dicho, esta dicho por alguien, pues en realidad, no es algo que queramos decir por nosotros mismos, sino que por encima de nosotros, lo quiere decir el inconsciente, que se forma a partir de todos. No vemos que en realidad, aquí y allá, todos estamos intentando descubrir el mismo origen, a pesar de saber que la “cosa en sí” sea por completo inalcanzable. Ya lo dice también Nietzsche, en un sentido crítico:

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“Del mismo modo en que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres, y en conexión con su felicidad y la desgracia, un investigador considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres –el cuerpo humano y sus extensiones-; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre.”

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Quizá podemos contemplar a las “estrellas” como metáfora de las pulsiones del amor y de la muerte, de las que nos habla Freud. Son las estrellas, las que nos conectan con la felicidad y la desgracia, son el ello, parte fundamental de nuestros sentimientos, la psique. Y a la vez, “el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre”. Es la metáfora de lo mismo que nos sugiere, de otro modo, McLuhan: En este mundo todo lo que el ser humano ha inventado es una extensión de sí mismo, que a la vez, es una extensión de Dios.  Somos un circuito cerrado. Pero en la sociedad donde vivimos, la humanidad se distrae muy fácilmente con los “contenidos” de los medios y bueno, hay quienes están sambutiéndonos la información al mundo entero y que se encargan de que nos creamos su mentira. Me parece que muchos de los contenidos más inmediatos que llegan a la población son basura, contenidos que no tienen ninguna intención de hacernos recordar, sino por el contrario, que olvidemos, que dejemos de preguntarnos todo, desde las cosas más sencillas, hasta las cosas más complejas. Nos venden una forma de vida, un solo criterio. Desde antes de nacer, nuestros padres ya están esperando algo de nosotros, aunque no sean conscientes de esto, nos insertan en instituciones, que pretenden únicamente homogeneizarnos, formarnos otros criterios para encajar en la mentira, pretendemos ser embonados y ahogados en los contenidos, datos, información.

 

 

McLuhan crea una perfecta metáfora de esto: “El contenido de un medio es como el apetitoso trozo de carne que se lleva el ladrón, para distraer al perro guardián de la mente El efecto de un medio solo se fortalece e intensifica porque se le da otro medio que le sirva de <contenido>” Por esto, McLuhan nos recuerda que lo importante no es el contenido sino el mensaje. Porque es el mensaje (el aspecto físico, tecnológico del medio) el que controla la escala y forma de las asociaciones y trabajos humanos. Este concepto nos recuerda la subjetividad del cuerpo, la maravilla detrás del horror, y se acerca a la sentencia de Maturana y Varela: “Todo lo dicho es dicho por alguien, todo lo dicho es dicho por el cuerpo”. Pero a pesar de intuir que la verdad está en el cuerpo, somos tan ciegos y tan miedosos como para siquiera atrevernos a intentar descifrarla. No nos damos cuenta de lo que implica ser simplemente el medio, porque no somos nada por nosotros mismos. Que la individualidad no existe, es un invento del ego, del super yo, incluso, se menciona también en el Bhagavad-Gita:

“Todos estamos tratando de ser independientes, y esto, también es –maya- No es posible volverse independientes, cuando nos damos cuenta que somos dependientes  quizá nos hemos acercado al conocimiento”

Pero por encima de todas las barreras que nos impone este ego, siempre sale triunfante  el –ello-  ello que está  pidiendo a gritos desesperados; la adherencia, la conexión. Y justo porque el ello está más deseoso que nosotros de que regresemos a él. Aunque también ha sido el ello lo que nos ha enviado la señal de extender todas las partes de nuestro cuerpo hacia el mundo exterior: Extendimos nuestro sistema nervioso y creamos la luz eléctrica, la ropa y los muros son extensiones de nuestra piel, los coches, aviones, extensiones de nuestros pies, y así todo lo que hemos construido, inventado, son simplemente extensiones de nuestro cuerpo. A pesar de que al extender cada una de nuestros órganos, ocurra al mismo tiempo una “autoamputación” de otros. Por ejemplo, justo ahora que escribo todo esto, me corto de tajo otros sentidos, otros órganos.

Pero incluso esto nos da miedo. ¡Todo nos da miedo! Otra de las condiciones de ser humano. Olvido y miedo, olvido y miedo….Tanto miedo de destrozar todas las barreras inventadas por el “yo” el “super yo” Por eso quizá la sociedad prefiere seguirse mintiendo, unos distraídos con el futbol, la ropa, los coches, las casas, los aparatos electrónicos, el plástico,  los datos,  hacer trabajos, escribir información, tareas, maestrías y doctorados; algunas son prostitutas o modelos, otros más se hacen llamar maestros, directores, artistas o ingenieros, pero en realidad, todos somos lo mismo, venimos del mismo  barrio. Un barrio universal, cósmico. Un barrio donde no existe danza, ni política, ni cultura ni raza ni sexo. Un barrio donde no existe lo bueno ni lo malo, los prejuicios ni las mentiras aprehendidas. Pero quizá aún falta mucho para retornar a ese barrio. Nuestra comunidad de agua, de sueños, de psique y de inconsciente, se ven mucho más lejos mientras más vamos avanzando. Porque a veces ni avanzamos nada, solo nos ahogamos en la inercia, el contagio y la contaminación. Pero ese es el deber del artista uchar contra la marea, contra la trampa, el olvido y la ilusión aún sabiendo, que aquí nadie se escapa de la mentira.

Diana Xóchitl Molina Aguilar

II. La metáfora

Qué sentido tiene entonces la existencia

Suena crudo y catastrófico